
Opinión
Por: Monseñor Espejo
La política colombiana comienza a mover sus piezas de cara a las elecciones presidenciales de 2026. En medio de un clima marcado por el desgano ciudadano, la polarización y el escepticismo frente a la clase dirigente, el tablero electoral empieza a mostrar algunas configuraciones claras. Aunque aún faltan meses para que se definan plenamente las alianzas, ya es posible observar al menos cuatro bloques políticos que buscan marcar la conversación nacional, mientras otras candidaturas no logran despertar interés entre los votantes.
De un lado viene ganando fuerza la fórmula encabezada el abogado Abelardo de la Espriella, acompañado por el exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, que busca posicionarse como una propuesta enfocada en la recuperación económica y el fortalecimiento institucional. Restrepo, quien dirigió la cartera de Hacienda durante el gobierno de Iván Duque, aporta un discurso de estabilidad fiscal y confianza para los sectores productivos, mientras De la Espriella busca capitalizar un mensaje centrado en la seguridad y la autoridad del Estado.
En otro extremo del espectro político aparece la fórmula del senador Iván Cepeda junto a la dirigente indígena Aída Quilcué. Esta alianza representa una apuesta por profundizar las reformas sociales impulsadas en los últimos años, con énfasis en los derechos territoriales, la inclusión social y el reconocimiento de comunidades históricamente marginadas.
Otra candidatura que tomó fuerza tras la consulta del pasado 8 de marzo es la encabezada por la senadora Paloma Valencia, acompañada por el ex director del DANE, Juan Daniel Oviedo. Valencia representa una línea ideológica sólida dentro del espectro de derecha, mientras Oviedo ha construido una imagen de técnico cercano a la ciudadanía, con capacidad para conectar con votantes jóvenes y urbanos.
La cuarta alternativa la encabeza el exgobernador de Antioquia Sergio Fajardo, quien aparece acompañado por la educadora Edna Bonilla. Con su tradicional discurso moderado y la educación como eje central, Fajardo busca posicionarse como una alternativa frente a la polarización política. Sin embargo, su principal reto será demostrar que el centro político puede ofrecer algo más que conciliación retórica y buenas intenciones, sino que también tiene la capacidad real de gobernar en un país cansado de promesas incumplidas y de voces vociferantes que han olvidado los problemas de la gente.
Mientras el clima político se sigue calentando, otras figuras políticas aparecen rezagadas en el panorama electoral. como las fórmulas de Claudia López, Leonardo Huerta; Roy Barreras, y Martha Lucía Zamora, Luis Guillermo Murillo y Luz María Zapata, que no han logrado despertar mayor entusiasmo y que a decir de los votantes, ya no levantan ni un bostezo.
Para muchos ciudadanos, estas candidaturas permanecen en un segundo plano dentro de una campaña que apenas comienza a tomar forma, sin embargo, habrá que ver de que están hechas para mover a un electorado que se mantiene en la barrera atento a sus movimientos.
En este contexto, el gobierno que termina deja más preguntas que certezas. Las promesas de transformaciones profundas terminaron atrapadas entre improvisaciones, tensiones políticas, escándalos y una sensación de fatiga nacional. El país no solo debate reformas. También discute confianza, liderazgo y dirección política. Cuando una administración concluye dejando más incertidumbre que resultados, el elector tiene la responsabilidad de examinar con lupa y con mayor rigor a quienes aspiran a reemplazarlo.
Faltan meses intensos de debates, alianzas y seguramente sorpresas. Pero lo cierto es que el clima electoral ya comenzó a sentirse y en política, como en el mar abierto, cuando cambia la dirección del viento, los capitanes deben decidir si ajustan las velas o si se arriesgan a naufragar.
El problema es que, en Colombia, demasiadas veces quienes están en el puente de mando olvidan que no navegan solos. Debajo, en cubierta, viajan más de 50 millones de pasajeros que ya están cansados de travesías erráticas, mapas improvisados y promesas de prosperidad que nunca llegan a puerto.
Cuando llegue la hora de votar en 2026, el país no solo elegirá a un presidente.
También decidirá si vuelve a embarcarse en otra travesía de discursos y cháchara con resultados modestos, o si finalmente apuesta por un liderazgo capaz de gobernar con brújula, carácter y sentido de realidad.




